8/11/11

Viaje a Soria



El sábado 29 de octubre a las 6.45 de la mañana, 52 puntualisimos viajeros, esperaban subir al autobús para iniciar a las 7.00 un viaje por tierras de Castilla y Aragón. Caían unas tímidas gotas de lluvia respetando nuestra salida (luego sabríamos que poco después diluviaba sobre Valencia). A pesar de ello el bus nos recibía con la música de Cantando bajo la lluvia.

Un periodo de tranquilidad con música relajante nos llevó después de una primera parada a Sigüenza, la primera ciudad de nuestro recorrido. En nuestras manos una amplia hoja de ruta sobre los sitios que íbamos a visitar. Luego en el bus alternamos música apropiada para cada etapa con explicaciones sobre la historia y cultura de los lugares por los que pasamos o visitamos.
Recordando a los escritores que anduvieron por estas tierras también nos acompañaron poemas y escritos de Antonio Machado, Gustavo Adolfo Bécquer, Gerardo Diego y Tirso de Molina (en este último caso, sólo su recuerdo)

La impresionante catedral (una más de las grandiosas con las que nos encontraríamos en esos días) de Sigüenza fue nuestro primer destino con su capilla donde está enterrado El Doncel, su claustro o su asombrosa sacristía de las cabezas. Estupenda la visita guiada que realizó un argentino que a la vez compartía el oficio de sacristán con el de explicarnos el lugar con infinidad de detalles: esa ascensión a los cielos, por ejemplo, señalada por unos pies que sobresalen en un arco.Y luego la ciudad con su calle mayor, que sale de la Plaza Mayor y por donde se asciende al castillo y a su barrio judío con sus Iglesias y sus plazas.

Después de Sigüenza nos esperaba la visita al Monasterio de Santa María de la Huerta, que posee el que quizá es el mejor refectorio de España. Allí saboreamos una grata sorpresa: un concierto de guitarra de música medieval. 
Y otra sorpresa, una más de las muchas del día, nos esperaba en Almazán, lugar donde muriera y está enterrado Tirso de Molina (Fray Gabriel Téllez), monje mercedario y escritor: la ciudad pero sobre todo la Iglesia románica de San Miguel y las maravillosas vista al Duero.

Desde aquí a Soria, que bien merecido teníamos el llegar a nuestro destino. Allí nos acogería un estupendo hotel, el mejor de la ciudad después del Parador, con sus habitaciones franqueadas por un salón.

El día siguiente, domingo 30, por la mañana lo dedicamos a Soria. Primero fuimos a saludar al padre Duero, contemplar el claustro de San Juan del Duero, pasear desde San Polo a San Saturío por el camino que tantas veces realizó Machado, después visitamos la Concatedral de San Pedro y su hermoso claustro, el Palacio de los Gomará, el antiguo convento de la Merced, Santo Domingo y la Plaza Mayor donde saludamos a ese reloj de la antigua audiencia “que da la una”.

Por la tarde nos esperaría Numancia. Allí un expertísimo guía nos descifró los misterios que oculta la ciudad indómita. Una tarde maravillosa en la que desde el alto cerro divisábamos los Picos de Urbión, donde nace el Duero, o los Montes del Moncayo. Días antes, nos diría el guía, en aquel alto soplaba el cierzo. Pocos días después de dejar aquellas tierras volvería el frío y el viento sobre la zona.
Aún a la vuelta a Soria pudimos conocer la Iglesia (como no, románica) de San Juan de Rabanera o el monasterio de Nuestra Señora del Espino donde al lado aparece (con el poema correspondiente) el olmo que cantará Machado. Algunos incluso entrarán en el cementerio colindante para descubrir la sepultura de Leonor, la mujer de Antonio Machado, o para subir al alto donde se situó el castillo de la ciudad. O (¿por qué no?) perderse por El tubo o las calles cercanas para tomar excelentes tapas regadas con vino del Duero.


El 31 nos recibieron Tarazona, el Monasterio de Veruela y Borja en tierras aragonesas: Día también de una hermosa  “celebración” por la que todos brindamos en la comida (abundante) de Borja junto a jotas y poemas dedicados por los viajeros. Tarazona es una ciudad curiosa que posee una monumental catedral, un hermosísimo ayuntamiento, unas Iglesias lanzadas al aire con sus altísimas torres mudéjares y una original plaza de toros, toda ella con casas adosadas. 

En el Monasterio de Veruela, donde pasaran largas temporadas los Hermanos Bécquer y donde Gustavo Adolfo escribiera varias de sus leyendas así como Cartas desde mi celda, una expertísima guía nos adentro por el edificio medieval dándonos a conocer no solamente su historia sino también la vida y costumbre de los monjes que lo habitaron. Al terminar la visita pudimos acercarnos al museo del vino y es que en esa zona se produce el buen vino, con denominación de origen, de Borja, donde se envasan más de seis millones de botellas al año.


Borja, ante tanta maravilla, nos supo a poco. Allí, eso sí, vivimos el inmediato Hallowen ante la presencia de niños y niñas que en gran número se encontraban vestidos con indumentarias propias del día (brujitas, esqueletos, fantasmas…)


La noche nos deparaba una grata sorpresa. Desde la plaza de Bécquer cercana al hotel se organizó una procesión conmemorativa del día de los santos y de los difuntos en honor del escritor. Música, y una de sus leyendas, El Monte de las ánimas, que trascurre en Soria (en el trayecto a Veruela había sido leída en nuestro bus) iba siendo recitada a lo largo del camino que conducía al Duero.



El día 1 nos despedíamos de Soria, que parecía llorar por nuestra ausencia: pequeñas gotas de lluvia nos decían adiós. La música de Cantando bajo la lluvia volvía a sonar mientras nos trasladábamos a El Burgo de Osma. En esta ciudad se sienten sus habitantes tan orgulloso de ella, que todo es lo mejor de lo mejor, se encuentra entre las tres o cinco mejores cosas de España como, por ejemplo, su, eso si, inmensa y robusta catedral o su antigua Universidad. Para proclamarlo el guía de la catedral, el inefable Paco Francisco, era único. Bella ciudad con restos de su antigua muralla (como Almazán, Sigüenza, Soria), calles y plazas aportaladas junto a casas nobles y bellos palacetes.


El final lo marcaría la antigua (en pleno campo) Iglesia de San Baudelio o San Baudilio, expoliada en el pasado por los propios lugareños, que la utilizaban, además, como establo, hechos que Gerardo Diego recordaría en uno de sus poemas.

Hermosa ciudad la de nuestra despedida, Berlanga del Duero, con sus murallas y su castillo. En la visita a San Baudelio y Berlanga del Duero contamos con un excepcional guía, el catedrático jubilado de la Universidad de Valladolid, Agustín Escolano (autor, además, de un libro sobre San Baudelio) , director del aula taller de Berlanga, junto a su mujer, Purificación Lahoz. Todo un lujo


No hay tiempo para más. Tampoco ha llovido en toda la visita del día, la temperatura ha sido excelente, la camaradería entre los viajeros no ha podido ser mejor. ¿Qué más se puede pedir? En el viaje de vuelta, con nuestro conductor Facundo, devolviendo a Valencia raudos y veloces para llegar antes que los aficionado al fútbol salieran del partido de Mestalla de la Champion, se nos ofrecieron dos películas de Audrey Hepburn.
Se me olvidaba, tuvimos la suerte de contar con nosotros a lo largo de todo el trayecto con una guía acompañante tan experimentada como Lidón. Solicita, resolviendo cualquier problema, repartió oficio, juventud y simpatía a lo largo de este maravilloso viaje. 
(Fotografías: Guillermo Escolona y Elvira Ramos)