1/7/14

RECUERDOS DE UN VIAJE A PORTUGAL

Salimos de Valencia el día doce de junio. Hicimos escala en Madrid y llegamos a Portugal sobre las cinco. El cambio de horario nos regaló una hora.
Dos acontecimientos han estado presentes en nuestra visita: la celebración de la fiesta de San Antonio y el mundial de fútbol.
Esa misma tarde, visitamos el parque Eduardo Vll que esta a espaldas del monumento al Marqués de Pombal. Una gran pantalla lo presidía.
El parque es el más grande en extensión de la capital. Tiene un lago y un jardín cubierto llamado la Estufa Fría y estaba lleno de casetas por la feria del libro.



No pudimos visitar La Estufa Fría por celebrarse en ella las doce bodas que todos los años, con cargo al erario público, el día de San Antonio se ofician en la catedral.
Por la noche, una especie de cofrades del amor, desfilaron por la avenida de la Libertad en procesión  y rindieron homenaje a una figura del santo en la Avenida de la Libertad.
Corazones luminosos, comparsas, trajes multicolores, arcos, flores, competían con  intención de sorprender a los asistentes.
A nuestra llegada, nos enteramos que Lisboa está marcada por dos acontecimientos que han ido configurando la ciudad actual: el terremoto de Lisboa en el año 1755 y el incendio de 1988.
Al marqués de Pombal, político ilustrado, debe la ciudad su trazado actual, de grandes avenidas y amplias plazas. Este personaje, controvertido en su época, tuvo la visión suficiente como urbanista para reconstruir la ciudad después del terremoto. Inspirado en las reformas urbanísticas que el despotismo ilustrado realizó en otras capitales europeas dotó a la ciudad de infraestructuras modernas y amplias avenidas.  
Vista desde lo alto del parque Eduardo Vll, la ciudad  se  escalona hacia el mar con suavidad, sin grandes edificios que distorsionen el paisaje lo que la hace muy bella.
El incendio del año 1988 quemó la zona denominada Chiado y parte del barrio alto. Se percibe en esta parte de la ciudad la diferencia entre lo nuevo y lo viejo pero se aprecia también el respeto por un urbanismo acorde con el entorno.
Se conoce a Lisboa como la ciudad de las siete colinas y para subsanar los desniveles cuenta diversos elevadores (ascensores y funiculares); uno de los más antiguos es el ascensor de Santa Justa que nos acerca hasta el barrio alto. Otros, o los antiguos tranvías nos conducen al barrio de Alfama cuna del fado. En él se encuentra la catedral y el castillo árabe, construido sobre los cimientos del castillo romano, desde donde hay unas magníficas vistas de la ciudad.
La desembocadura del Tajo está atravesada por el puente Veinticinco de Abril, réplica del de San Francisco. Cerca, en la desembocadura del rio, suspendido en una colina, un monumento al Sagrado Corazón lo contempla con los brazos extendidos.
Todo es grandioso, despejado, toda la ciudad se abre al mar; tal vez por ese motivo era inevitable que sus gentes navegaran y era inevitable que los reyes aragoneses quisieran conquistarla.
Su posición estratégica marcó su destino y hombres como Vasco da Gama y Enrique el Navegante la hicieron posible con sus conocimientos de navegación, arrojo e inteligencia.
Estos visionarios de su tiempo, fueron conformado una sociedad prospera, audaz, y rica gracias al comercio y a las materias primas que venían, primero de los lugares conquistados y después de sus colonias.
Se aprecia en la capital, y en el resto de ciudades que visitamos, como la riqueza que conquistaron revertió en ella. Podría decirse que el oro y las especias se transformaron en piedra.


En la iglesia de los Jerónimos, en su claustro, en la torre de Belem, en el monasterio de Batalha, en la hermosa iglesia gótica del Monasterio de Santa María de Alcobaça, patrimonio de la humanidad. Alta sobria y elegante.
El arte manuelino da testimonio de todos los acontecimientos históricos, la ventana y los ochos claustros de Tomar y los claustros, sobre todo el del monasterio de los Jerónimos, aportan nuevos elementos, relacionados con la navegación como la esfera armilar y los trenzados de cuerda. El simbolismo se hermana con la piedra, se hace raíz, árbol, barco, alcachofa; trepa por las paredes y se corona con las cruces de los Monjes de Cristo.



El Convento de Cristo en Tomar, del siglo Xll,  tiene escrita en la piedra la historia de los templarios portugueses y de sus sucesores. Los Monjes de Cristo. Un altar circular preside su iglesia. Los Caballeros templarios accedía a ella a caballo.
El Palacio Monasterio de Mafra construido por Juan V, de estilo barroco se financió con el oro que se trajo de Brasil.
Tiene una biblioteca con más de 40.000 volúmenes  Es una muestra más del poder del imperio portugués de la época. Y cuidada por los murciélagos que la protegen de los insectos. Al igual que, nos dijeron, ocurre en la otra gran Biblioteca de Portugal, la de Coimbra.




Distinto por completo es el Palacio da Pena de   Sintra, residencia de verano de los últimos reyes portugueses donde con anterioridad había un convento.
A este palacio, mezcla de diferentes estilos  construido en el Siglo XlX, se accede por una carretera serpenteante poblada de árboles y plantas muy diversas. Esta vegetación hace la subida amable y fresca.



El templo romano de Évora, nos da idea de la antigüedad de esta ciudad del Alentejo bañada por el Tajo, el Guadiana y el Sado. Patrimonio de la humanidad. Sus fachadas blancas y amarillas hacen resplandecer las calles que un día fueron testigo de los Actos Sacramentales de la Inquisición.
Todos los días, antes de ponernos en marcha, Adolfo nos ha leído alguna poesía de Pessoa y nos ha inculcado el gusanillo de visitar los lugares donde transcurrió su vida. El Café Brasileño y el restaurante donde comía a diario y la calle Doradores donde trabajaba.



Hemos paseado la ciudad, de día y de noche, tomándole el pulso. Hemos podido oír el fado en las calles de la Alfama, y en un recoleto teatro del barrio alto. Hemos disfrutado las fachadas de azulejos, tan bellas en sus edificios civiles como en los religiosos. Hemos saboreado las famosas sardinas, su bacalao y un estupendo arroz de pescado en un  restaurante familiar donde nos sirvió un abuelito entrañable un exquisito arroz con pescado a un precio increíble.

En fin, personalmente, me ha sabido a poco y me he quedado con ganas de quedarme unos días más, por mi cuenta, cerca de sus miradores oyendo música y leyendo la poesía de Pessoa. 

(Texto de Amparo Romero. Fotografías de Juan Antonio González y Antonio Latorre)