7/2/16

Belleza de Biar, poderío del castillo de Castalla

El 23 de enero, en una mañana templada y con un hermoso cielo, salimos para acercarnos a unas de las últimas ciudades de nuestra comunidad conquistada por Jaume I: Biar y Castalla. Cercanas ambas con sus castillos en lo alto como cobijo o dominio de ambas ciudades. Castillos que se pueden observar desde la carretera. Eso sí, mucho más visible el de Castalla (también más grande, más entero) al estar en zona más despejada, que el de Biar, al estar el lugar rodeado de colinas.


Primera parada en un café-restaurante de Biar con el fin de coger fuerzas para la toma del castillo de la población. Un sitio, nueve y media de la mañana, repleto de paisanos frente a abundantes platos reparadores y enormes bocadillos. A unas cosas y las otras nos aplicamos los sesenta y tres viajeros. Bueno, no es de todo cierto, ya que un nutrido grupo optó por una taza de espeso chocolate acompañado de unas porras: exquisito.


Y de ahí, no al castillo, sino otra vez al bus para conducirnos a la ermita de Nuestra Señora de Gracia, patrona de Biar, situada en lo alto de una de sus colinas. Una vez visitando el santuario, ya caminando bajamos hacía el centro de Biar por el camino seguido por los romeros en la gran fiesta de la localidad con bajada de la Virgen desde su ermita hasta la Iglesia del Pueblo.
Una bajada hacia el centro del Biar relajada y tranquila rodeados de gatos de todo tipo, cuidados, lustrosos y nada huraños, que se acercaban a nosotros o en las puertas de las casas ronroneaban sus sueños al sol de la mañana.

En el camino, no muy alejada de la ermita, una visita obligada al nevero XVIII, un gran nevero, de Biar, hoy convertido, por el Ayuntamiento, en un espacio para todo tipo de actividades, incluida la de representaciones teatrales. Un comentario en audio sirve de explicación a la historia de los neveros en general y éste en particular. A nosotros nos sobraba ese comentario porque allí en la puerta del nevero nos esperaba el concejal de ferias del Ayuntamiento, que no sólo nos dio las explicaciones del sitio, y de las actividades que allí tenían lugar, sino que además nos abriría las puertas del Ayuntamiento y del Museo para la visita. Una deferencia para nuestra Asociación que hay que agradecer. Y  también para nuestro asociado Antonio Juan, vecino, hoy, de Biar, posibilitador de esa presencia.
A la Plaza del Ayuntamiento o de la Iglesia (uno frente a la otra) llegamos al final del agradable paseo, y no sin antes haber admirado el impresionante platanero situado a la entrada del pueblo como dando la bienvenida al viajero con su robusteced y su senectud de más de 200 años. A escasos pasos se encuentra la puerta de entrada que nos guía hacia su larga y hermosísima calle Mayor. Una gran sorpresa el encuentro con esta localidad desconocida para muchos, muy cuidada, limpia y hermosa, con sus pavimentos (enlosados) de colores y sus calles perpendiculares a la Mayor, y en dirección al castillo, armoniosas en sus subidas rectas escalonadas.
La portada de la Iglesia atribuida al taller de Pere Compte es majestuosa, no se puede decir lo mismo de su interior.

Desde ahí, desde la Plaza, bastantes iniciamos la subida al castillo. Otros se quedaron en la plaza tomando un aperitivo, compraron exquisitos pasteles en alguna confitería o entraron en el Museo.
Llegando al castillo, subiendo por sus calles escalonadas, se admira, una vez traspasadas sus puertas (y lo poco que queda dentro: es de origen musulmán del siglo XII), hay que subir a su torre. No es una gran subida. En sus pisos encontramos estancias con las más más antiguas bóvedas de estilo almohade. No sólo eso, ya en la parte superior hay una vista impresionante y hermosa por un lado del entorno y por otro de las casas de Biar con sus tejados muy bien reconstruidos, todos iguales, sin nada que afee, rompa el sentimiento de un lejano pasado. Alguien quiso vislumbrar a lo lejos el acueducto del siglo XV. Más bien lo imaginaron porque desde esa atalaya era imposible verlo. Ilusiones que nos llevaban a oír el volteo de campanas, chupinazos y griterío como si el tiempo se hubiera trasladado a una semana antes, con la sonada celebración de la festividad de San Antón y su cabalgata del Rey Pájaro. Puestos a la ensoñación quien nos iba a negar la visión de las hogueras encendidas en las colinas que rodean al bello Biar en las fiestas de su Patrona.
Unos por unas, otros por otras calles volvimos a la Plaza. Allí el concejal señalado más arriba nos guiaría por el ayuntamiento, y por algunas de sus historias de siglos, antes de tomar el bus rumbo a Castalla donde nos esperaba… la comida.
Decimos, pues adiós a Biar precioso y acogedor, envuelto en el pasado pero en la presencia de un presente.

En Castalla, lo primero, el encuentro con la comida: un banquetazo en toda regla y con un servicio de rigurosa profesionalidad. Entrantes, alcachofas caramelizadas,  gazpacho servido en tortas (o a los que no les apeteciese cualquier otra cosa)  y unos postres exquisitos acompañado de abundante bebida, infusiones y chupitos. Claro, ahora sí que había que cargarse de la suficiente energía para ascender- después de tan abundante comida- a la gran fortaleza castallense.



Castalla, localidad más grande que Biar, es más industrial que aquella. Las casas crecen de forma aleatoria con un centro urbano de interés pero aplastado por otras edificaciones que se alzan en sus alrededor. Eso sí, su castillo es admirable, con una reconstrucción muy adecuada. Algunos compañeros y compañeros se quedaron en el comienzo de la subida, al final de la localidad, donde se encuentran la ermita de la sangre, de estilo gótico del siglo XII. Esta ermita fue la Iglesia de Castalla hasta el siglo XVI momento en el que se construye la actual Iglesia situada en el centro. 
La ascensión desde la ermita hasta la puerta de entrada del castillo se corresponde a un paseo lento con un camino en zig-zag llano y con escalones. Al fondo, muy al fondo, va quedando el pueblo. No es igual que en Biar donde, en gran parte, el castillo forma parte, se une, al pueblo. Aquí se distancia, se levanta en el cerro de casi 800 metros de altura, por encima de la población para demostrar su poder, su fortaleza.


El castillo es todo en Castalla. Con una reconstrucción perfecta llevada a cabo a finales del siglo pasado, se puede recorrer su amplia extensión y admirar la grandeza y el poder de dominación (y de vigía) que ejerció durante siglos. La puerta pequeña, esa sí, no original, nos dio paso a la gran sorpresa de su interior en el que pudimos contemplar el poderoso recinto amurallado, el palacio de armas, el amplio aljibe en cuyas paredes han quedado escritos mensajes de otros siglos, la torre Grossa y el sorprendente Palacio.



Desde lo alto de la Torre Grossa y el Palacio se domina una gran extensión. Castalla se encuentra abierta al espacio y no prisionera de sus colinas como Biar. La belleza es distinta en ambos casos. Aquí, ahora, en sus atalayas se divisan los pueblos del alrededor, se señalan uno a uno. La guía que nos acompaña indica que en días claros allá al fondo, hoy envuelto en una neblina, se puede ver (o imaginar, vete a saber) el mar. Ya dados a los ensueños podemos, incluso, ver reflejadas las aguas del pantano más antiguo, según nos dicen, de España y probablemente de Europa: el embalse de Tibi, entre Tibi y Jijona, de cuarenta metros de altura. Una impresionante, para su tiempo, obra llevada a cabo por orden de Felipe II en 1580. Habrá que pensar en hacer en un futuro cercano una visita a tan singular lugar y a las localidades que se encuentran a su alrededor.




Cuando terminó la visita la noche estaba cayendo. Cuando bajábamos hacía el lugar de partida, veíamos encender las luces de Castalla. La belleza de esa postal era sin embargo robada por otra aún mayor: la majestuosa salida de una luna redonda, enorme, brillando en su plenitud que se convirtió, en su lenta subida, en el claro deseo de los fotógrafos del grupo. Un cierra perfecto de una excursión para recordar.






No quedaba mucho más. El reencuentro en la ermita con los que nos esperaban, la advertencia de los guías del cierre del camino a los grupos de jóvenes sentados en el camino al castillo, nuestro agradecimiento a la joven y al joven que, en doble grupo, nos guiaron por la impresionante mole. Detrás de nosotros se cerró hasta el día siguiente una gran verja impidiendo hasta el siguiente día el paso a la ermita y al camino ascendente al castillo.



De ahí al bus llegamos en un plis plas. Y también sin darnos cuenta entrábamos en Valencia algo cansados pero satisfechos ante las numerosas sorpresas que la excursión nos había deparado.
A.B.  (fotos de Elvira Ramos)