16/6/16

LA RIBERA SACRA en primavera.





El único viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos. (Marcel Proust)

Quizá los “nuevos ojos” que propone Proust exploren las huellas de las imágenes, emociones y pensamientos guardados en nuestra memoria tras esta estancia, breve pero intensa, por las orensanas tierras de la ribera del Sil. 


Los paisajes
Al comienzo de nuestro itinerario ascendente hacia el norte peninsular, el primer deslumbramiento visual nos sorprende con las luces  de la mañana en tierras castellanas. Apreciamos entonces la luz trasparente y cristalina que perfila con precisión tierras y objetos en el aire seco, y  acerca a nuestros ojos las lejanas cumbres de las montañas y sus nieves recientes. El verde pardo de los pinos mediterráneos ha dejado paso al brillo luminoso del cereal, que esboza un suave y ondulado tablero combinando su vigoroso verde con el intenso amarillo de la colza y el ocre de las viñas aún desnudas. Poco a poco, a medida que nos  alejamos de las tierras mesetarias  para adentrarnos en el norte leonés, observamos las enormes lajas fungiformes que parecen abandonadas por alguna caprichosa y gigantesca criatura, empeñada en construir raros edificios pétreos con los fragmentos caídos de los viejos paredones graníticos de las estribaciones de la sierra de Guadarrama. 


La belleza vegetal de esta nueva flora, compuesta por carrascas, aromáticos matorrales y pinos piñoneros, quedará unida para siempre a esas sugestivas formaciones rocosas que luego se usarán para construir los monasterios, conventos e iglesias que miraremos con ojos seducidos por estos exuberantes  jardines naturales, favorecidos por la húmeda y cálida primavera que nos acompañará durante el viaje. El caluroso paseo por el adormecido Olmedo a la hora de la siesta y la breve y apretada estancia en Ponferrada quedan pronto postergados en la memoria debido a la maravillosa  experiencia de contemplar ese Monumento Natural y Patrimonio de la Humanidad  conocido como Las Médulas. 





Las hemos visto desde arriba, desde la cumbre a la que ascendimos por tortuosos caminos, estrechas carreteras y verticales precipicios, que a más de uno le pusieron el corazón y otras cosas en la garganta. Desde  la altura de un abrupto picado, las formaciones cónicas y arcillosas se extendieron ante  nuestra mirada, emergiendo desde la frondosa vegetación boscosa de los robles, alisos y castaños del Bierzo.  Da la impresión de que este singular y fascinante paisaje, formado hace más de 2000 años por la mano del hombre, podría desaparecer si la naturaleza sigue avanzando sobre sus laderas y cubriendo con un manto verde el ocre de la tierra emergente. 

También hemos transitado por su interior, adentrándonos en  Las Médulas por caminos  sombreados por encinas, alisos y muchos cerezos, que aquí llaman bravos o salvajes, y como siempre, por los ancianos y nobles castaños de retorcidos y huecos troncos, que parecen reproducir las formas quiméricas de las mágicas criaturas de los bosques. El frescor de las cuevas que se muestran al visitante alivia el sudor de la subida y se complementa con la sorpresa de ver a algunos osados amigos que, tras trepar por sus empinadas paredes, asoman por alguna ventana perforada en la roca rojiza. Risas y buen rollo.  El regreso por otro camino más corto nos sorprende con la profusión de retamas, aulagas amarillas, jaras de flor blanca y brezo violáceo. Un lujo para la vista y el cuerpo que celebramos con un relajado y rico aperitivo.

Estas descripciones vegetales no son capricho de la cronista, o quizá sí, pero es que el paisaje que nos acompaña en este viaje no es simple espacio que rodea ciudades o monumentos, sino que es un monumento en sí mismo, una catedral de leños y follaje que se hace esencia y sustancia con las piedras, las tapas, el pulpo de Feira y el vino Mencía. Todo cobra coherencia en el grato paseo, en la contemplación tranquila de lo que durante la semana se nos irá mostrando y cuya experiencia deseamos compartir con el lector.


Las piedras y su temperatura emocional
Sin duda, la arquitectura que ha ocupado el centro de este viaje pertenece sobre todo a los monasterios y sus iglesias anexas, lo que dice mucho de la historia de estas tierras, de quiénes eran los dueños de los recursos económicos y del poder. La aristocracia medieval que elevó las paredes de los castillos, fue sustituida por las poderosas ordenes religiosas, sobre todo por las benedictinas, a cuyo alrededor de organizó la vida de aldeas y ciudades. 


 En nuestro camino hacia la provincia de Orense, nos llama la atención la preeminencia del estilo renacentista y herreriano en los edificios que visitamos. Alguien nos habla de antiguas intrigas políticas y un hipotético castigo a los nobles de la zona, que habrían apoyado a La Beltraneja frente a los Católicos Reyes en su causa por la corona castellana. En cualquier caso, esta cronista desea dejar constancia de la frialdad, densa y plomiza, del complejo conventual de Monasterio de San Vicente de Monforte de Lemos (Lugo). Sus imperiales escaleras y agobiantes claustros, impregnados de gélida humedad, se acomodan a la concepción de una  religión dogmática y opresiva como fue la post-tridentina. Sus muros contienen un espacio que estimula la penitencia y el arrepentimiento en una actitud cargada de resignada tristeza contemplativa.



Estas sensaciones se atenúan en el complejo conventual de Celanova, ya en Orense. Se trata de un pueblo muy agradable con una Plaza Mayor  con soportales y terrazas donde refrescarse y descansar. El  monasterio de San Salvador contiene dos claustros muy bellos, una iglesia tan barroca y panelada de brillantes dorados que hace la delicia de algunos y la admiración de otros, que, aunque no adeptos  al recargado estilo, sí reconocen el valor y la magnificencia del arte. Lo mejor nos espera fuera, en el jardín, donde un oratorio mozárabe, la capilla de San Miguel, nos deja sin respiración. Se trata de una diminuta capilla del siglo X, con un pequeño altar al fondo del pasillo iluminado por una estrecha saetera y formado por columnas rematadas con arcos de herradura, que conservan una ligera pigmentación geométrica, resto de la perdida decoración primitiva. Este pequeño edificio ha quedado para siempre en nuestra memoria y quizá  contribuya a formar los nuevos ojos del viajero. 



A partir de ahora, la temperatura emocional de las piedras se va caldeando para subir al máximo en el cenobio de San Pedro de Las Rocas, el más antiguo de La Ribeira Sacra y de Galicia. Las capillas excavadas en la roca granítica, con estructura, arcos visigóticos y tumbas antropomórficas en los laterales del suelo, configuran un conjunto mágico y espiritual que impulsa la experiencia vital que guíe quizá nuestros pasos  hacia una visita futura. La espadaña plana e imponente, clavada en la roca que surge de la tierra, completa este conjunto ubicado entre bosques y fuentes que albergan imaginarias energías del pasado. La historia y los proyectos espirituales de los hombres que poblaron este espacio llegan hasta nosotros a través del telúrico material granítico, cálido y sugestivo, como un mensaje que deja constancia de la Historia en un código misteriosamente cifrado. La elegancia de San Estevo de Ribas de Sil, con sus tres claustros y una iglesia basilical de tres ábsides, relata en su recorrido, del románico al gótico y renacentista, la historia de su fundación y trayectoria. Si no fuera por el cementerio añadido por funcionarios insensibles, el conjunto sería un regalo pleno para los sentidos y la paz de la mente, en un entorno natural de gran atractivo.


La cálida emoción de esta visita se completa con el recorrido en catamarán por los cañones del Sil, que nos permiten, con algún chaparrón que otro, disfrutar de las riberas inclinadas sobre las que crecen los famosos viñedos. El paseo habría sido más agradable si las aguas no hubieran estado tan remansadas y llenas de basura flotante y de dudosa procedencia. Quizá a causa de las lluvias y vertidos naturales, quizá por la desidia de los encargados del mantenimiento del río, el hecho es que el Sil no fue lo que esperábamos.  Pero Orense no defraudó. Su espléndida catedral gótica con una maravillosa puerta románica policromada y el altar plateresco permanecerán siempre con nosotros. Los paseos por sus calles, las tapas regadas con buen vino y los baños en las aguas termales de Las Burgas nos relajaron placenteramente cuerpo y al espíritu. La lluvia fina que resbalaba por los rostros de los bañistas fue un elemento más agradable que molesto y una forma de sentir en la propia piel el clima y el ambiente gallegos. 


Según me cuentan algunos, Rivadavia mereció la pena, no sólo por la amenidad de sus calles sino por el encanto de sus iglesias y el buen vino de sus bodegas. El pulpo y entorno de Carballiño no decepcionan a nadie pues a estas alturas ya estamos todos enamorados de los parajes boscosos y los torrentes y ríos bravos que los riegan. Oseira preside con su majestuoso y fortificado monasterio el pueblo de San Cristovo de Cea, donde todo el mundo compra pan como loco. Ausente hoy de los osos que justificaron su nombre, el edificio contiene, además de los apacibles espacios claustrales y una iglesia que combina las naves góticas con la bóveda plana renacentista, una sala capitular de columnas estriadas que sostienen la bóveda de crucería a modo de palmeras, conjunto que nos recuerda el bosque pétreo de la Lonja de Valencia. El efecto es de tal exquisitez y delicadeza que desearíamos permanecer allí más tiempo del que tenemos. Lo guardamos también en nuestra memoria para rememorarlo y volver quizá algún día. 


Los expertos dicen que esta sala es una representación de la Casa de la Sabiduría,  imitación del templo cristiano mencionado en las Sagradas Escrituras y construido de acuerdo con misteriosas leyes numéricas que justifican sus armónicas proporciones. Las nervaduras componen una gran flor cuyo centro y vértice es un medallón circular con una cabeza mitad hombre y mitad mujer. Se trata del Gran Andrógino de alquímicas connotaciones, lo mismo que la extraña ave dorada con rostro semihumano. La triple cara que representa los tres estados del alma según Platón es otro enigma más de este recinto lleno de misteriosos mensajes, propio de los  conocimientos ocultos y crípticos de la orden del Císter. Todo un universo de sabiduría escrito en el libro de las piedras, que, oculto a nuestros ojos, se muestra solamente a los iniciados en el arcano y místico lenguaje.








 El castro de San Cibrao de Lás nos traslada a los tiempos prerromanos, y adquiere un ligero matiz surrealista con los vistosos colores de los impermeables y paraguas de los visitantes flotando entre las piedras que delimitan las antiguas calles y viviendas de unos pobladores ya desaparecidos. Con la visita al turístico pueblo de Allariz nos despedimos de Galicia y sus encantos para retornar a Valencia atravesando las tierras castellanas. La parada en Ávila es el broche de oro que cierra este maravilloso viaje. Aunque solo pudimos ver el monasterio de San Vicente con su espléndido cenotafio medieval y la catedral gótica con su doble girola de arquería en mármol veteado de rojos y ocres, la visita mereció la pena.


De vuelta, los tonos luminosos del cereal, atemperado por los rabiosos amarillos de las flores de la colza, nos despiden al atardecer y se disuelven lentamente en el recuerdo a medida que nos acercamos a los campos mediterráneos.  Ya  en casa,  los ojos y amigos nuevos evocan acogedores y cálidos paisajes, piedras afables, tiempos y  risas compartidas. Las imágenes se graban en la memoria junto al deseo de volver a visitar esta tierra extraordinaria. 
 


(Texto de Gloria Benito. Fotografías de Elvira Ramos)