6/1/11

Viaje a Zaragoza, Calatayud y Daroca

A la hora en punto (nada menos que las siete y media de la mañana) salíamos el 27 de noviembre con destino a Zaragoza. El tiempo, que días antes, quería mostrarse inclemente, daba un respiro. Las previsiones no eran tan malas como imaginamos. Frío si, frío a base de bien pero nada de lluvia ni nieve. Eso si, en el Monasterio de Piedra, tendríamos agua a borbotones.

Primer sueño mañanero mecidos por una suave música hasta cerca de Teruel. Fue allí donde Adolfo cogió el micro para, además de explicarnos el plan del día, hablarnos  de la Historia y de los principales monumentos de las localidades que atravesábamos o aquellos a las que arribaríamos, sin olvidar de introducirnos en el arte mudéjar. Aquí o allá a sus palabras se añadieron las de Eva, la guía acompañante de la agencia. Al volante nuestro ya conocido, y expertísimo, Facundo llevándonos con rapidez y seguridad a los más de cuarenta aventureros de aquel gélido último fin de semana del mes de noviembre.

Eran algo más de las once de la mañana cuando entramos en Zaragoza. Allí nos esperaba Jesús Vicente, un amigo de Alfredo Domínguez, que se había ofrecido a enseñarnos su ciudad. Y a fe que lo hizo de maravilla. Lo primero fue darnos una pequeña vuelta por la ciudad más nueva, aquella que ha crecido a la sombra de la Exposición Internacional que tuvo lugar en 2008. Por cuestiones de tiempo no pudimos recorrer el curioso y hermoso puente peatonal, que admiramos a distancia. 


Nos esperaban otras maravillas de las que dimos buena cuenta como el palacio de la Aljaferia un hermoso recinto fortificado construido como lugar de recreo en el siglo XI y que posteriormente, con la reconquista, se convertiría en residencia de los reyes de Aragón. Convertido más tarde en cuartel, actualmente con una restauración primorosa, es la sede de las Cortes de Aragón. Mucho se puede hablar de este palacio pero nunca será igual que cuando se adentra en sus salones, en sus patios. Asombro es la palabra que mejor describe tal soberbio edificio en el que el visitante parece trasladarse a Córdoba o Granada.



Después de tal suculento aperitivo nos deleitamos desde el falso puente romano zaragozano con la visión del templo del Pilar, cuyas torres se reflejan en el Ebro. A continuación visitamos la majestuosa basílica de El Pilar, recorrimos las calles céntricas de la ciudad admirando algunas de sus Iglesias o casas modernistas, que también existen en la ciudad. 

Y por supuesto también visitamos la sorprendente Catedral del Salvador (La Seo) que encierra en su interior más de una sorpresa.



Más de uno, también, decidió después de comer y antes de visitar La Seo, tomarse un café o una copichuela en el mítico cabaret La Plata, que después de dieciséis años de inactividad, ha sido, desde el 2008, reinventado por Bigas Luna.



 Llenazo hasta la bandera a las cuatro de la tarde en un espectáculo, curiosamente divertido, de esos que llaman picantes.


Nuestro segundo punto de encuentro es la ciudad de Calatayud, sí la de la celebre Dolores. Y, como es lógico, nuestro hospedaje fue en “La dolores”, un hotel de esos que dicen con encanto (y realmente encantador) rehabilitado sobre una antigua posada del siglo XVI. Allí pernoctamos.

Por la mañana después de visitar Calatayud donde no podían faltar sus Iglesias mudéjares partimos hacía el Monasterio de Piedra, ese lugar paradisíaco lleno de arbolado, de increíbles saltos de agua como el impresionante de La cola del caballo o el lago de Los espejos. Por supuesto también recorrimos lo que queda del antiguo monasterio cisterciense.


Después de comer, y de sortear, como es habitual en los viajes de este año, uno o dos viajes, marchamos hacia Daroca pero en el camino se desveló el secreto-sorpresa que desde que salimos misteriosamente nos había ido anunciando Adolfo.  En una localidad muy pequeña se erige una coquetamente hermosa Iglesia Mudéjar. Si no la conocen, no se la pierdan. Es la Iglesia-fortaleza de San Martín de Morata de Jiloca. Si pasan cerca desvíense para admirarla. Merece la pena.

El final de la ruta fue Daroca, con sus murallas, que rodean la ciudad con más de cuatro kilómetros de perímetro, sus Palacios, ventanales, la fuente de los veinte caños, sus puertas, sus Iglesias y muy especialmente la colegiata de Santa Maria donde se veneran los Coporales, cuya historia puede que les sea contada, como a nosotros, por una simpática monja valenciana. Como no sólo vivimos de monumentos, hubo quien también pasó por panaderías o confiterías de la población donde dieron buena cuenta de riquísimos merengues.

Cansados pero contentos llegábamos a Valencia más allá de las diez de la noche. El viaje había merecido la pena. Ahora a prepararnos para la calçotada de primeros de febrero. Arte y gastronomía a parte iguales.
El Cronista viajero