23/3/15

Por tierras de Castilla con Alma Malher II

Día 2

En Valladolid, además de un viento muy fresco disfrutamos de las visitas a dos museos interesantes: El Nacional de Escultura y el de la Casa Museo de José Zorrilla.



El Nacional de Escultura, en el antiguo Colegio de San Gregorio, nos acercó al mundo de la imaginería religiosa de los siglos XIII al XIX así como una colección de pinturas de los siglo XV al XVII. La portada es muy llamativa, sobre todo por las figuras de salvajes que la flanquean, le dan un aspecto entre repelente y furioso, las coronas de flores y hojas se han transformado en coronas de espinas. Castilla tenebrosa y nazarena...



Cuando uno se pasea sin prisas por el museo, mirando lo allí expuesto, pocas veces se fija en el personal que vigila y controla las diferentes salas. Pasan desapercibidos hasta que te llaman la atención por hacer fotos, por llevar la mochila en la espalda, por acercarte demasiado a la  boca de una adorable Virgen. Pero en este museo pude comprobar que hay funcionarios excepcionales.


Algunos no nos apuntamos a la visita guiada, fuimos a nuestro aire empujados por la curiosidad de un inculto que quiere saber algo más que fechas e historias. Los guías vigilantes del museo nos contemplaban con su mirada cuadriculada por la rutina, pero una se acercó varias veces, no para reñirnos o advertirnos, sino para contarnos algo relacionado con los comentarios que nos oía al mirar un S. Sebastián en pose muy concreta, o por las manos de un santo contando dinero. Al final, por poco me pongo a aplaudir a aquella magnífica mujer que nos ilustró con acierto y sencillez.



La casa museo de Zorilla, es una vivienda sencilla, y eso que su padre fue gobernador y superintendente  de la policía. Hubo un momento en que me pareció sentir el olor del fantasma de Don Gonzalo.

Por la noche, lei en la cama del hotel, hasta cerrar los ojos, el libro sobre Alma Malher:

"Mi padre siempre me tomó en serio. Una vez nos llevó, a mi hermana y a mí, a su estudio y nos contó el argumento del Fausto de Goethe. Teníamos siete y ocho años y llorábamos sin saber por qué. Cuando nos tuvo entusiasmadas, nos dio el libro y nos dijo el libro más hermoso del mundo"